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Una caleta, una cámara y quince años de mirar el mismo muelle

Conversamos con Rodrigo, fotógrafo de oficio que trabaja en caletas del norte, sobre cómo se prepara un reportaje local y qué se aprende al volver una y otra vez al mismo lugar.

Sebastián Campos

5 minutos de lectura

Una caleta, una cámara y quince años de mirar el mismo muelle

Quién es Rodrigo y por qué quisimos conversar

Rodrigo es fotógrafo independiente y vive hace años en una localidad costera de la región. No forma parte de la redacción: lo conocimos en una de nuestras salidas a terreno, cuando lo vimos esperando en el muelle antes del amanecer, con la cámara colgada y un termo en la mano. Nos pareció que alguien que ha vuelto tantas veces al mismo lugar tenía mucho que enseñarnos sobre la forma en que Miradas Locales se acerca a los barrios y las caletas.

Le propusimos una conversación breve, en preguntas y respuestas, para que la leyera quien se interesa por este tipo de reportajes. Aceptó con una condición sencilla: que hablásemos de oficio y no de logros. A continuación, las respuestas, editadas apenas para que se lean con fluidez y sin perder el tono con que él las dijo.

¿Cómo llega usted a una caleta que no conoce?

Llego sin cámara en la mano, al menos las primeras veces. Converso con quien está reparando redes o limpiando cajones, pregunto cómo se organizan, a qué hora sale cada bote. Si uno parte sacando fotos, la gente se pone en pose o se cierra. Cuando ya me han visto tres o cuatro mañanas seguidas, dejan de mirarme y empiezan a trabajar como siempre, y ahí aparece la imagen que vale la pena.

Hay otra cosa: pido permiso para cada persona que retrato de cerca, y si me dicen que no, está bien. Prefiero volver con menos fotografías y con la puerta abierta para una próxima visita. En un lugar pequeño todos se enteran de cómo uno se porta, y eso pesa más que cualquier equipo.

¿Qué lleva en la mochila un día de trabajo?

Menos de lo que se imagina. Una cámara con un lente de distancia normal, otro más abierto para los espacios cerrados como las bodegas y los galpones, baterías de repuesto y un paño para la humedad del mar, que arruina cualquier equipo si uno se descuida. Lo demás es ropa que abrigue, porque a primera hora el viento enfría mucho y las manos tiemblan.

También llevo una libreta. Anoto nombres, apodos, el nombre de las embarcaciones, el sitio exacto donde tomé cada foto. Parece un detalle menor, pero después, al escribir los pies de foto, esa libreta es lo que evita errores y malentendidos con las personas retratadas.

  • Dos lentes y baterías de repuesto
  • Paño seco para la humedad salina
  • Libreta para nombres y lugares
  • Ropa de abrigo para el amanecer

¿Qué cambia cuando se vuelve muchas veces al mismo lugar?

Cambia la mirada. Al principio uno busca lo pintoresco: el bote de colores, la red extendida al sol. Con los años descubre que lo importante es otra cosa, como el modo en que dos pescadores se reparten el trabajo sin hablar, o cómo una vecina deja pan en la mesa del muelle a la misma hora de siempre. Esas escenas no se ven en la primera visita.

Además, el lugar cambia y uno es testigo. Una caleta que hace unos años tenía doce botes hoy tiene menos, o una cancha de tierra se transformó en estacionamiento. Mi archivo se volvió, sin proponérmelo, una especie de memoria del sitio, y los propios vecinos me piden copias para sus casas.

¿Qué consejo da a quien quiere empezar con reportajes locales?

Que elija un lugar cercano, uno al que pueda volver sin gastar mucho, y que se comprometa a visitarlo durante un tiempo largo. Es mejor conocer una sola calle con profundidad que pasar de prisa por diez. Y que escuche más de lo que fotografía: las mejores historias me las han contado esperando que se enfriara un té, no con la cámara en el ojo.

También le diría que devuelva lo que hace. Imprima algunas fotos y llévelas a quienes aparecen en ellas. Es un gesto simple, pero cambia la relación: deja de ser alguien que se lleva imágenes y pasa a ser alguien que comparte lo que ve con su propia gente.

¿Qué espera de un reportaje sobre su localidad?

Que se parezca a lo que uno vive. No necesito que se hable bien de todo, pero sí que se hable con respeto y con datos correctos: el nombre bien escrito, el oficio bien descrito. Cuando un reportaje acierta en esos detalles, los vecinos lo cuelgan en el almacén y lo comentan semanas. Cuando se equivoca, se nota y cuesta recuperar la confianza.

Por eso valoro que una publicación se tome el tiempo de verificar y de volver a preguntar. Un reportaje bien hecho no necesita grandes titulares; le basta con que quienes aparecen en él se reconozcan y sientan que fueron tratados con cuidado.

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