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Historias Cotidianas

Una feriante cuenta cómo empieza su día antes del alba

Conversamos con Rosa, comerciante de una feria de barrio, sobre madrugones, clientes de toda la vida y los pequeños gestos que sostienen una rutina diaria en primavera.

Francisca Araya

5 minutos de lectura

Una feriante cuenta cómo empieza su día antes del alba

Quién es Rosa y por qué la buscamos

Rosa vende verduras y frutas de estación en una feria de barrio desde hace más de dos décadas. La conocimos mientras recorríamos puestos para la sección Historias Cotidianas, interesadas en esos oficios que casi nadie mira con detención, pero que ordenan la semana de muchas familias. Le propusimos conversar con calma, sin cámaras encima y sin apuro, y aceptó con una condición sencilla: que la entrevista fuera después de armar el puesto.

Lo que sigue es una conversación breve, editada solo para que se lea con fluidez. Rosa habló de su jornada, de la primavera y de lo que significa atender a las mismas personas durante años. Quisimos respetar su manera de decir las cosas, con sus pausas y sus giros, porque en ellos está buena parte de lo que esta sección busca mostrar: la vida diaria contada por quien la vive.

¿A qué hora parte su jornada?

Rosa: Me levanto cerca de las cuatro y media. Lo primero es tomar algo caliente, porque el frío de la madrugada se siente aunque ya sea primavera. Después viene el trayecto hasta el lugar donde compro la mercadería, que a esa hora está lleno de camiones, cajones y gente que se conoce hace años. Se saluda rápido, se mira la calidad con el ojo y las manos, y se carga lo que uno cree que se va a vender.

Francisca: ¿Y el montaje del puesto? Rosa: Llego a la feria antes de que salga el sol y armo todo con mi hijo cuando puede ayudarme. Ordenar el puesto es casi una costumbre del cuerpo: los tomates al frente, las hojas a la sombra, lo más frágil donde no lo toquen sin querer. Me gusta que se vea cuidado, porque la gente compra con los ojos primero.

¿Qué cambia con la llegada de la primavera?

Rosa: Cambia el color del puesto, para empezar. Aparecen las alcachofas, las habas, las arvejas, y la gente vuelve a preguntar por cosas frescas para ensaladas. También se nota el ánimo: los clientes se quedan conversando más rato, comentan el clima, preguntan cómo preparar tal o cual verdura. En invierno se compra rápido y se vuelve a la casa; ahora hay más paseo, y eso se agradece.

Francisca: ¿Hay algo que se complique en esta época? Rosa: Los precios de la mercadería suben y bajan según llega la cosecha, y uno tiene que ir ajustando sin que el cliente lo sienta como un abuso. Yo prefiero explicar: si algo está más caro, digo por qué, y si hay algo mejor ese día, lo recomiendo aunque deje menos ganancia. Así la gente confía y vuelve.

¿Quiénes son sus clientes de siempre?

Rosa: Hay señoras que llevan años comprándome y ya no necesitan decirme qué quieren; yo les separo lo de siempre. También hay jóvenes que recién se independizaron y vienen con la lista del celular, un poco perdidos, y les doy consejos sin que lo tomen a mal. Me gusta ver cómo cambian las familias: niños que antes venían de la mano ahora llegan solos con su propia bolsa.

Francisca: ¿Alguna conversación que recuerde? Rosa: Una vez un cliente mayor me contó que venía a la feria no solo por las verduras, sino porque era el único momento de la semana en que conversaba con alguien. Desde entonces entiendo mejor mi trabajo. Vender es parte, pero acompañar un poco también lo es, aunque nadie lo escriba en ninguna parte.

¿Qué es lo más difícil y lo más lindo del oficio?

Rosa: Lo difícil es el cuerpo. Estar de pie muchas horas, levantar cajones, aguantar el sol o el viento sin poder sentarse. Cuando uno es joven no lo nota, pero con los años cada madrugón pesa distinto. Y también es difícil la incertidumbre: hay días de mucha venta y otros en que se vuelve con parte de la mercadería, y hay que aprender a vivir con eso.

Francisca: ¿Y lo lindo? Rosa: El trato. Que me reconozcan por mi nombre, que me cuenten cómo les resultó una receta, que me guarden un saludo para la próxima semana. También me gusta ver la feria despertar: los toldos, el olor a pan caliente de algún vecino, el primer café compartido con la vecina del puesto de al lado. Eso no se cambia fácil.

¿Qué le gustaría que la gente supiera?

Rosa: Que detrás de cada puesto hay una persona que se levantó antes que casi todos. No lo digo para dar pena, sino para que se mire con más respeto. Si alguien pregunta algo, con gusto lo explico; si regatea con buena forma, también lo conversamos. Lo que cuesta es cuando no se saluda ni se mira a la cara, como si uno fuera parte del paisaje.

Francisca: ¿Algo que quiera agregar? Rosa: Que sigan viniendo a las ferias, que son un espacio de barrio que no conviene perder. Aquí se compra, se conversa y se enteran de cosas de la comunidad. Yo seguiré mientras el cuerpo me acompañe, porque este trabajo me ha dado una vida digna y muchas amistades. Eso vale más de lo que parece.

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